En un breve análisis de los antecedentes y el contexto del cambio global, podríamos apuntar en muchas direcciones, pero quizás haya tres aspectos que resultan capitales: el calentamiento global, la energía y la población. En primer lugar, es importante señalar que, a pesar de la urgencia por cambiar el modelo energético hacia fuentes limpias que sustituyan a los hoy mayoritarios combustibles fósiles, la Agencia Internacional de la Energía (IEA) viene indicando en sus últimos informes que el crecimiento de la demanda de energía aumentará en un 30% sobre el actual consumo de cara al año 2030. El mundo sigue necesitando más energía para desarrollarse, y la mayoría de la nueva demanda seguirá siendo cubierta por combustibles fósiles. A pesar de que las energías renovables irán ganando terreno, el consumo de petróleo se mantendrá estable (en 2017 se calcula un consumo de 97,7 millones de barriles) y habrá un gran incremento en la demanda de gas natural, otro combustible fósil cuyo consumo también provoca emisiones de gases de efecto invernadero.

En segundo lugar, y directamente relacionado con lo primero, los expertos, pero sobre todo el mundo científico, advierten de que con este escenario de crecimiento en la demanda de energía y de materias primas no se podrá cumplir ni de lejos con los objetivos marcados en el Acuerdo de París de 2015 sobre cambio climático. En esto, como casi en todo, las cifras y los hechos constatados acaban haciendo sonrojar a las grandes declaraciones políticas y los titulares de prensa. Tanto la IEA como el panel de expertos del IPCC, así como otros foros científicos, grupos de expertos y ONG ambientalistas, señalan que de seguir por la misma senda superamos con creces en incremento de dos grados en la temperatura media a lo largo del siglo XXI, llegando muy posiblemente hasta los tres grados. Si esto ocurriera, los efectos del cambio climático redefinirían muy negativamente y de manera determinante el sistema de vida de los seres humanos en el Planeta.

 En tercer lugar, tan sólo un apunte sobre el aspecto demográfico, el tercer gran reto al que nos enfrentamos en esta primera mitad del siglo XXI. Las Naciones Unidas calculan que para el año 2050 seremos más de 9.000 millones de habitantes en el Planeta, de los cuales el 70% vivirá en entornos urbanos. Esto representa un reto mayúsculo dado que habrá que aumentar la producción de alimentos, a la vez que  millones de personas más accederán al uso de la electricidad, de sistemas sanitarios y educativos, de viviendas dignas, de una gestión adecuada de sus residuos… Son todos ellos indicadores de progreso, sin duda, que democratizan el desarrollo y mejoran el bienestar de las personas. Sin embargo, se hace obligatorio gestionar este crecimiento en paralelo al necesario cambio de paradigma en el modelo energético, a la mitigación y adaptación al cambio climático, y al uso racional de los recursos físicos. En este punto, resulta obligado mencionar la aprobación de la Nueva Agenda Urbana global en la conferencia HABITAT III de Naciones Unidas en octubre de 2016, una visión del futuro de las ciudades a 20 años vista que promueve la planificación urbana como una herramienta básica para que el crecimiento urbano sea un motor de desarrollo e igualdad.

Estamos en un momento de ruptura con el modelo económico-productivo nacido tras la revolución industrial y engordado con los combustibles fósiles a lo largo de los dos últimos siglo. Es lo que los mismos autores de la obra Los límites del crecimientode 1972, expresaban en un nuevo informe de 1992 llamado Más allá de los límites de crecimiento, en el cual desarrollan con gran acierto el concepto de “overshoot”, lo que vendría a traducirse como “sobrepasarse”, ir más allá de los límites sin quererlo aplicando al máximo la idea de eficiencia hasta llegar a alcanzar el crecimiento exponencial: duplicación, reduplicación y nueva duplicación. Dicen los autores en este informe de 1992 que “el crecimiento de cualquier objeto físico, incluyendo la población humana, sus coches, sus edificios y sus chimeneas, no puede continuar indefinidamente. Pero los límites importantes al crecimiento no son los límites a la población, los coches, edificios o chimeneas, al menos no directamente. Son los límites al volumen global de insumos, los flujos de energía y materiales necesarios para mantener a la gente, los coches, los edificios y las chimeneas funcionando. La población humana y la economía dependen de los flujos constantes de aire, agua, alimentos, materias primas y combustibles fósiles de la tierra. Emiten constantemente desperdicios y contaminación que vuelve a la tierra. Los límites del crecimiento son los límites de la habilidad de las fuentes planetarias para proveer ese flujo de materiales y energía, y los límites de los sumideros planetarios para absorber la contaminación y los residuos”.

Carlos Martí / carlosmarti@icscomunicacion.com / cmarti@ciudadsostenible.eu / @martiramos65

 

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