Los estudiantes de colegios y universidades de Tarragona de entre 16 y 19 años han tenido la ocasión de debatir cómo la industria petroquímica y plástica está evolucionando hacia un papel crucial en la era digital. Más de 80 estudiantes debatieron en el marco de las ” Competiciones Europeas de Debate para Jóvenes”, un evento internacional que consiste en una serie de debates dirigidos a jóvenes y organizados por la Asociación Petroquímica Europea (EPCA por sus siglas en inglés) y PlasticsEurope, asociación europea de fabricantes de materias primas plásticas. La final española tuvo lugar en Tarragona el 11 de mayo, en el Aula Magna del Campus Cataluña de la Universitat Rovira i Virgili, donde los jóvenes talentos debatieron alrededor del tema “Las personas, el planeta y los beneficios en la era digital: ¿Con o sin la petroquímica y los plásticos?” Los participantes se dividieron en grupos diferentes, unos a favor, otros en contra y el resto como ponentes libres desde donde han tenido también la opción de exponer sus argumentos aportando razones por las que su posición era la más conveniente.

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Gracias a la invitación de PlasticsEurope tuve el honor de formar parte del jurado de este encuentro y de realizar uno de los dos discursos previos al debate. Aquí os dejo íntegro dicho discurso que, a su vez, es una reflexión sobre la futura sostenibilidad de la producción y consumo a nivel global y las amenazas socioambientales a las que tenemos que hacer frente:

Frente a la pregunta ¿con o sin industria petroquímica y plástico?… la verdad es que no hay una respuesta única, definitiva, resolutoria. Vosotros, muchos de los cuales sois estudiantes de ingeniería o de ciencias, sabéis bien que los ecosistemas tienden a incrementar su complejidad hasta el punto de colapsar y dar a luz a un nuevo ecosistema más complejo y avanzado. Pues así ha evolucionado la humanidad desde sus orígenes: dejando atrás soluciones del pasado para abrazar nuevos paradigmas que hagan frente de verdad a los problemas reales de cada época.

No necesariamente lo que nos impulsó en tiempos pasados es la mejor de las soluciones para hoy o para el futuro cercano. Cuando Henry Ford comenzó a producir en cadena vehículos a motor a principios del siglo XX dijo que “si en ese momento le hubiera preguntado a la gente qué es lo que quería para transportarse mejor y más rápido le hubieran respondido que caballos más veloces”. Ford no buscó mejorar la eficiencia de lo que había, sino que apostó por la innovación disruptiva, por ofrecer algo absolutamente nuevo que transformó por completo el mundo del transporte y, por extensión el mundo en general y la vida de las personas.

Este es un ejemplo muy gráfico de procesos que culminan en nuevos paradigmas y que lo cambian todo. Recordad que en los mismos años que Ford hay hacía coches inventando la cadena de producción la electricidad empezaba a llegar a las ciudades, a las casas. Todo anunciaba una nueva era, y así fue.  El siglo XX avanzó sobre el vehículo a motor, el petróleo, la electricidad, la industria petroquímica… y en sus últimas décadas gracias a la aparición de las nuevas tecnologías y la era de la información.

La pregunta es por tanto ¿cuáles son los mimbres con los que construir hoy, según arrancamos el siglo XXI, una sociedad del bienestar más próspera, sostenible y que tenga respuestas para actuar frente a la crisis global que tenemos encima? Crisis que por cierto es tan ambiental como social y económica. ¿Sabemos cuáles son las maletas del siglo XX que tenemos que dejar atrás y cuáles nos pueden seguir sirviendo en el futuro? ¿O acaso tenemos que comprarnos maletas nuevas o borrar el pasado?  Por eso decía antes que no hay respuestas únicas ni definitivas, porque estas cuestiones son complejas y porque nunca hay verdades absolutas, incluso en el mundo de la ciencia y la tecnología.

Sin embargo, ya tenemos en cierto modo definida una hoja de ruta que se basa en realidades tangibles contrastadas y de alta credibilidad. Es una hoja de ruta que se ha ido construyendo desde, más o menos, la década de los años ochenta del pasado siglo y que cerca de 30 años después incluye una serie de enfoques y diagnósticos que son aceptados por la mayoría de las comunidades empresariales y científicas, y también por la sociedad en general y por los gobiernos del mundo.

Por ejemplo, una de estas certezas es que que estamos consumiendo más recursos de los que nos podemos permitir. Nos lo dice la Unión Europea, cuando en el último informe de la AEMA calcula que habría que descarbonizar la economía hasta en un 85% o cuando presenta el paquete de Economía Circular para el aprovechamiento de los residuos. Nos lo dice también las Naciones Unidas con los ODS 2030, entre los que están objetivos como la energía asequible y  no contaminante, la innovación en la industria, las ciudades sostenible o la producción y el consumo responsable.

Posiblemente, tengamos que prever un futuro donde crecimiento económico y bienestar social no choquen frontalmente con la sostenibilidad ambiental, con la protección del entorno natural y con la necesaria reducción del impacto ambiental de nuestras actividades de producción y consumo de bienes y servicios. Esto ya es un mantra asumido por todos, porque es una realidad innegable. Incluso podemos ir más lejos y plantearnos si para alcanzar un mayor y mejor desarrollo sostenible tenemos que crecer; es decir ¿desarrollo y crecimiento van de la mano? Hasta ahora así parece haber sido, pero sabemos que esto tiene que cambiar, porque tenemos que seguir garantizando el bienestar obtenido (por desgracia sólo para un porcentaje de la población mundial), aumentar el número de personas que puedan acceder a ese bienestar pero sin disparar ni el consumo de materias primas ni las emisiones de gases de efecto invernadero, por decir solo dos ejemplos.

Dicho de otro modo, durante el pasado siglo hemos crecido a costa de consumir en exceso materias primas finitas, degradar los capitales naturales y quemar combustibles fósiles abundantes y baratos, provocando graves desequilibrios ambientales. La concentración de C02 en la atmósfera ya ha superado los 400 ppm (incluso con picos de 410),  en el pasado mes de abril se batió el record de emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial desde que existen mediciones y los efectos del cambio climático ya son patentes en el aumento de episodios meteorológicos extremos.

En un planeta urbanizado, ya más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, nuestra biocapacidad se agota sobre el mes de agosto de cada año; es decir, en agosto ya hemos consumido los recursos disponibles para todo el año. Se calcula que en las próximas décadas los desplazados por crisis climáticas podrían superar los 200 millones de personas, especialmente en lugares costeros por el aumento del nivel del mar y en zonas con graves problemas de abastecimiento de agua potable. Todo esto nos ha llevado a una crisis ecológica y social sin precedentes en la historia moderna de la humanidad a la que la industria tiene que responder.

Es difícil que podamos seguir por este camino sin caer por el precipicio. Hace falta empezar a pensar que desarrollo sostenible y crecimiento económico (tal y como lo entendemos hoy por ejemplo en términos de incremento del PIB o aumento en el consumo) no son lo mismo ni van juntos de la mano. La prioridades en el siglo XXI tienen que ser otras y las respuestas tienen que ser diferentes, innovadoras e inmediatas.

Alguien apuntó hace tiempo que “la edad de piedra no acabó porque se acabarán las piedras”. El uso de materiales y su transformación ha determinado las etapas de la historia de la humanidad. Desde principios del siglo pasado, la industria petroquímica ha sido uno de los principales motores económicos del mundo. Si miramos a nuestro alrededor veremos que nuestra vida está rodeada de productos generados en este tipo de actividad industrial. El plástico es uno de sus mayores exponentes y, sin duda, es uno de los materiales que ha determinado el desarrollo humano en los últimos cien años. Está presente en los envases, en el transporte, en la construcción, en la sanidad… Sin embargo, la huella ambiental de esta actividad y de sus productos es también una de las más potentes que existen. Pero ¿qué hacer? ¿podemos imaginar un mundo sin plástico de hoy para mañana? Pues no, pero tampoco podemos obviar su impacto ambiental. Y aquí está el dilema.

Para resolver esta difícil ecuación entre progreso y medio ambiente sólo nos queda el camino de la innovación tecnológica y la economía circular para el reaprovechamiento de los recursos. Si quiere encontrar su lugar en el siglo XXI, la industria petroquímica, como otros muchos sectores de actividad, tendrá que asumir la necesidad de una profunda transformación que acople sus impactos ambientales a las crisis ecológicas y climáticas.

El biólogo Barry Commomer dijo que “el uso apropiado de la ciencia no es conquistar la naturaleza, sino vivir en ella”. Lo peor que puedes hacer cuando descubres que tienes un problema es esconderlo, más bien por el contrario hay que afrontarlo, saber adaptarse a las nuevas realidades. Y hoy, por ejemplo, la contaminación de su actividad, el uso de combustibles fósiles en extinción, la alta demanda de materias primas  o el abandono de los residuos de plástico o littering son problemas que acorralan a la industria petroquímica y la empujan hacia una reflexión global sobre su futuro (por cierto que el littering demuestra que los problemas son de todos, porque somos los ciudadanos los que hacemos a veces un mal uso de nuestros residuos).

Pero esto no es algo exclusivo de esta industria, porque el cambio o es global o no será posible. Las mismas o similares coyunturas están viviendo hoy otros sectores estratégicos como el energético, el transporte, la alimentación o la construcción. Por poner solo tres ejemplos conocidos de transición/adaptación: la del mundo energético desde los combustibles fósiles hacia las energías renovables, la del transporte hacia su electrificación y la del sector de la construcción hacia el diseño de viviendas y edificios neutras en carbono.

Y este es el gran reto de la industria petroquímica: hoy es necesaria, imprescindible, pero sabiendo que necesita una profunda transformación de cara a las próximas décadas para caminar acorde a esta gran transición que ya estamos viviendo. Ahí está su reto, y de cómo lo resuelva dependerá si en el siglo XXI será motor de desarrollo sostenible o un hándicap para resolver nuestras crisis ambientales.

En resumen, decir sí o no a la industria petroquímica sería aventurar mucho en ambas opciones y optar por una opinión sin matices, demasiado total. El tema es mucho más complejo, y procurar entender la complejidad nos hace crecer como personas y como sociedad. Podríamos llegar a un punto intermedio diciendo: lo que ahora puede verse como un problema, puede mañana formar parte de la solución. Y, aunque haya que cambiar mentalidades, modelos de negocio o estrategias de mercado, esta actividad industrial debería formar parte de la solución por su propio bien y por el bien de todos.

 

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